La identidad perdida

publicado en: Artículos, Fotografía | 1

El retrato es una de las disciplinas fotográficas más gratificantes y a la vez más complejas.

La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a interpretar aunque sea mínimamente, las emociones en los rostros.

Los ojos, el entrecejo, los pómulos, los labios… muestran mucho más de lo que a veces nos gusta revelar. Con un poco de interés podemos traspasar las fronteras de lo cotidiano y adentrarnos en terreno escabroso. Descubrimos así bellos paisajes, aunque también algunos agrestes o decididamente feroces.

Antaño era importante. Saber leer las expresiones de la gente que nos rodeaba servía para estar informado de posibles amenazas y por tanto actuar en consecuencia. Estamos adaptados (preparados y motivados) para desentrañar información a partir de la posición del cuerpo, especialmente del rostro. Básicamente por eso nos atrae tanto. Habla de nosotros.

La ubicuidad de los teléfonos inteligentes y la facilidad para hacer fotos con ellos, se ha traducido en un alud de retratos, especialmente selfis. Es casi casi una epidemia, una locura colectiva, la moda de hacerse de forma individual o colectiva autorretratos en todas las posiciones y lugares posibles.

Soy un voyeur (bastante) y observo con curiosidad (mucha) la secuencia de expresiones que pone la gente cuando se hace fotos a sí mismo. Cómo pasan de una cara anodina a iluminarse con una dulce sonrisa, abrir ligeramente los ojos, reorientar el perfil en busca del lado bueno (si lo saben) para volver a mostrar, una vez pulsado el botón de disparo, un rictus que nada tiene que ver con el rostro que apenas un segundo antes era el paradigma de la felicidad.

No somos hipócritas, tan solo actuamos para ese hipotético público virtual. No hay nada de malo en ello. Por favor, no vean ninguna crítica velada en mis palabras. Solo expongo hechos.

Es divertido (para el observador) y se aprende mucho.

El hecho triste es que algunos repiten hasta la saciedad el mismo gesto una y otra vez, convirtiendo la postura en una mascara que a fuerza de repetirse pierde sentido. Nos transfiguramos en fantasmas de ánimo inexistente.

Nos transformamos en una marca de fábrica, un logotipo sin alma. Nosotros somos el extraño producto. Ofrecemos una imagen deformada de nuestra realidad.

No, no somos eso.

¿No hay nada más? ¿No se puede buscar nuevas maneras de mostrarte o de mostrar el semblante de alguien?

Deberíamos esforzarnos un poco más. Hemos abandonado la sinceridad para convertirnos en personajes de una película en la que somos incapaces de reconocernos. Deseamos tanto satisfacer al público que nos olvidamos que querernos un poco más a nosotros mismos es fundamental. Ser honestos es también respetar a aquellos que nos quieren.

Las reglas del juego están claras. A los que nos gusta la fotografía sabemos que las fotos deben contar, como cualquier obra de arte, una historia. Espero no haber ofendido a nadie con este comentario.

En resumen: Es aburrido contar una y otra vez la misma historia. Cansa y hace que me vuelva selectivo (muy a mi pesar).

Entiendo que a veces es complicado transmitirla (la historia que deseas contar). En ocasiones el relato que uno tiene en mente no establece ninguna conexión con los frutos que iluminan las neuronas de la gente que mira tus fotos.

Divergen.

No me importa siempre y cuando el observador se inspire y le estimule. Es hermoso.

A veces me quedo colgado de un retrato (y no tiene porque ser una fotografía). Me pasa en museos con la pintura (ellos lo inventaron todo). Más de una vez me quedo sin aliento frente a un cuadro que muestra el rostro de alguien. Tengo que sentarme (si tengo suerte y hay un banco cerca) y paladear cada pincelada, la luz con la que el pintor lo ilumina. Cada pequeño gesto que hace que la persona (pintada o fotografiada) adquiera un halo cuasi mágico.

Fluya como un río de emociones en mi interior.

Es uno de esos pequeños milagros que suceden de vez en cuando.

Y que alegran la vida.

Algunos retratos los visito con frecuencia (en internet o donde estén expuestos) para catar de nuevo de forma intima las esencias del puro deleite que me produce su contemplación. Me recreo pensando en ese bellísimo momento en qué creador y sujeto estuvieron en comunión e imagino como fue. Mi mente se desliza, susurrando historias imaginarias.

Por supuesto yo estoy muy lejos de conseguir nada parecido, pero no dejo de intentarlo. Siempre que tengo ocasión.

©) Ricard de la Casa – Imagen y texto, junio y septiembre 2019

Puede ver la foto en grande en mi galería de FLICKR o en 500PX.

Minimalista

publicado en: Fotografía | 0

La foto está realizada en un pasillo interior llamado In der Burg y conecta una plaza interior (a la que se accede a la Escuela española de equitación) y otras plazas y edificios del Palacio Hofburg en Viena.

Me llamo la atención la luz y acabé sobreexponiendo para eliminar detalles que no me apetecía plasmar. Lo hice también bajando la velocidad para perder detalle con los caballos. Siempre me he sentido incomodo con la explotación animal, por muy bien cuidados que estén. No lo puedo evitar, ya que sé que esos son las excepciones y nunca la norma.

En el procesado, apenas leves correcciones, solo eliminé algún artefacto que me molestaba para centrar el punto de interés.

Siempre es un riesgo hacer fotos como está. Entiendo que se salen de la norma y que tienen mucho más éxito fotos bien expuestas, con menos complicaciones a nivel composición. Me siento impulsado a crear cosas que me emocionen o que me produzcan sensaciones, aunque no sean agradables. La vida casi nunca lo es.

Como decía William Klein: “Una buena foto debe contar sentimientos” y para mí se cuenta la historia triste de una sumisión.

©) Ricard de la Casa – Imagen y texto junio 2019

Puede ver la foto en grande en mi galería de FLICKR o en 500PX.

Senderos de luz y gloria

publicado en: Fotografía | 0

Dentro de 20 días, se cumple 9 años que escribí está entrada para una foto (pinche aquí para verla) sobre senderos.

La palabra sendero tiene muchas connotaciones. Es sugerente y rica en posibilidades. Tendemos a pensar en escala humana y, sin embargo, hemos visto hermosos e intrincados senderos desbrozados por hormigas. En los bosques me encanta encontrar las señales de paso habituales de otros animales. Se convierten en un enigma que hace falta desentrañar.

Los senderos son caminos que nos llevan a descubrir nuevos lugares. Son puro transito hacia el futuro. Cuanto más diminuto y camuflado más encantador es. A veces, solo algunas marcas, aquí y allí, permiten seguirlo. Si prestas mucha atención eres capaz de descubrir las pistas que te adentran en parajes ignotos.

Alguna vez, solo rememorando el camino hecho, te das cuenta de que has seguido uno sin darte cuenta. Es tan esquivo que si intentas regresar a él, eres incapaz de encontrarlos de nuevo, de ingresar en la vereda.

También tenemos senderos mágicos. Se desvanecen con solo hollarlos. Apenas puedes inhalar su aroma y su esencia se malogra.

Y los de luz.

Aparecen siempre haciéndote un guiño. Majestuosos e infinitos. Blancos plata, dorados o rojos carmesí. Nacen frente a ti, provocándote. Exhalando pura tentación en forma de luciérnaga.

De todos ellos el más misterioso es la Luna. Apetece echar a andar y moverte. Un deseo condicionado.

Ahí está, justo a tus pies y sin embargo eres incapaz de echar a andar.

Hoy quiero hablarles de otro sendero de luz, uno que no podemos aún hollar, pero todo se andará. Es el que nos marca en nuestro horizonte nocturno, nuestra galaxia. Cuando oscurece, las estrellas que conforman la Vía Láctea forman un camino que todos nuestros ancestros habrán mirado. Algunos con indiferencia o curiosidad y otros, supongo que los menos, como locos bajitos intentando alcanzarlas. He titulado esta entrada como Senderos de Luz y Gloria, porque si de algo estoy seguro (si nuestra especie no se malogra en el intento), es que ese camino marcará un nuevo viaje de descubrimiento. Eso sí, espero que este sea mucho más amable y prudente con lo que nos encontremos.

Será glorioso no solo porque verán cosas que para mí son inimaginables y eso me llena de pura ansia, sino que también porque la duración de ese camino podría ser de miles de años. Es evidente que me quedo corto.

Estoy seguro porque será el sendero natural de progreso. Un camino de luz que seguir que nos llevará hasta el núcleo galáctico. Ese punto de luz y a la vez ese lugar oscuro, inconcebible y a la vez extraordinario. Otra frontera que en algún momento aprenderemos a atravesar. Quizá sea otra puerta estelar que nos lleve a otras galaxias, algunas tan lejanas que su luz aún no se vislumbra en nuestro horizonte.

Todo es tan vasto que no tiene límites. Como nuestra imaginación.

Puede ver la foto en grande en mi galería de FLICKR o en 500PX.

©) Ricard de la Casa – Imagen Junio 2019 Texto Junio 2010 – 2019

Selfie en la misma sesión con ayuda de Maria del Mar Sánchez

Puerta estelar

Hay algunos lugares en apariencia inocuos que ocultan secretos impensables. Mauro Staccioli, el escultor, lo creó y lo dejó allí para que aquellos que fueran hasta ese rincón del mundo pudieran viajar más allá de la puerta de Tannhäuser.

Parece tan solo una escultura. Un enigmático anillo que enmarca otra escultura natural cincelada a golpe de tormentas. Puedes acercarte, trepar por él o moverte a su alrededor, sin resolver el enigma que oculta.

Si te quedas quieto, en el ángulo correcto, y sabes dónde mirar, La Joya puede que te perciba, parpadee y te deje vislumbrar lugares que pensabas que solo existían en tu mente.

Pero no es suficiente.

Tienes que soltar tu imaginación y creer. Desligarte de las ataduras de la realidad. Abrir las alas y volar. Es un acto de amor.

Y en ese momento se abre para ti.

Estás en Andorra, en el Pirineo y a la vez, al alcance de las yemas de tus dedos, el resto de nuestro universo se extiende justo a tus pies. Ya no necesitas los ojos para ver. Las nebulosas son frescas fragancias que te inundan. La luz se transforma en notas de sándalo y percibes gente que viaja cerca de ti como textura de colores brillantes. Sus saludos son latidos que tintinean en tus mejillas. Destellos de calor que vienen y van.

Tu imaginación vibra con cada uno de los tenues agujeros de gusano que se abren para ti. Lineas que te enlazan con el pasado y el futuro.

Eres capaz de verte de niño y de anciano. Cambiar. Especular lo que fuiste y lo que serás. Deslizarte por mil realidades. El tiempo es tan solo un lago calmo de aguas profundas que deja un regusto salobre en tu boca.

Hay algo de temor en ese momento. Verte superado, asaltado por fuerzas que crees inmensas. Giras la cabeza buscando un asidero y de repente estás de vuelta en el punto de partida. Sonríes y sigues haciendo lo que hacías antes de partir.

Escuchas como la máquina de fotos, sujeta en el trípode, acaba de exponer y cierra la cortinilla. La foto está hecha y le das un vistazo.

Solo es una escultura, pero tú sabes que hay algo más.

Puede ver la foto en grande en mi galería de FLICKR o en 500PX.

©) Ricard de la Casa Texto e imagen– Junio 2019

Selfie en la misma sesión con ayuda de Maria del Mar Sanchez