Los pecados de la Iglesia

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Hoy algunos diarios se hacen eco del acuerdo extrajudicial que la Archidiócesis de Los Ángeles (California, EEUU) ha realizado para que sus sacerdotes, denunciados por abusos sexuales por más de 500 personas, retiren sus cargos. El acuerdo incluye compensaciones por valor de 660 millones de dolares (unos 479 millones de euros), cantidad que es la mayor nunca pagada, en ese país, por la Iglesia Católica para poner punto final a ese denuncia en particular.

El problema no se suscita por el hecho de que haya habido un arreglo extrajudicial. Muchos asuntos acaban así y de alguna manera es bueno que así se acabe. Que menos que ¡al menos! exista un resarcimiento económico.

No estoy hablando de que a esa gente se la meta en prisión o que al menos se la vigile (razonable en algunos casos concretos), sino porque la jerarquía de la iglesia católica, esa que manda, no soluciona el asunto de raíz.

Escucho a veces que esos sacerdotes, esos obispos, esos cardenales son simplemente desplazados a otros lugares donde, como nadie ha oído hablar de ellos, de nuevo la macabra historia vuelve a empezar. Es la misma historia que hemos leído que ha pasado en España, en Francia, en Italia, en Holanda, en Austria…

Ayer otro periódico se hacía eco de esa montaraz y manipuladora Conferencia Episcopal Española que cree que todavía el pueblo es algo que debe ser salvado de si mismo y para ello se autoerigen en salvadores de nuestras almas (algo que como la Fe, no se ha podido demostrar jamás que existe). Hablo de la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Si hay algo realmente importante en estos momentos es devolver a todas las religiones al lugar del cual jamás debieron salir: el ámbito privado personal y sólo ese ámbito.

Una de las peores lacras de la Humanidad ha sido la necesidad de buscar más allá de nosotros mismos, una respuesta a nuestra existencia. Como diría un conocido escritor de esas lluvias y barros vienen estos lodos.

Finalmente como todas las religiones son simplemente humanas, inventadas por humanos, dirigidas por humanos y por lo tanto con los mismos problemas de los humanos, ambición, egoísmo… no podemos soslayar que, por mucho que pregonen unas cosas, finalmente sean otras muy diferentes las que asomen en (asolen) nuestra existencia.

Sería hora de que una sana Laicidad emergiera en nuestras vidas, en nuestras conciencias, en nuestros estados para sanear una vida de por si ya complicada y difícil.

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