Contradicción

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La luz lo es todo. Es lo que intento inculcar en mis alumnos desde la primera clase. La fotografía no es lo que observas, es lo que tu mente logra ver, lo que interpreta. Lo que se te ofrece es como una tela blanca lista para poner a trabajar la creatividad que todos llevamos dentro. Para explotar nuestra imaginación. En definitiva, para ver mucho más allá de lo que contemplamos.

Sí, cierto, como en muchos otros ámbitos de la vida, la experiencia desempeña un papel crucial. Olvidar lo que estás viendo para empezar a jugar con las posibles imágenes que pueden surgir, no es instantáneo. Con el tiempo se consigue un cierto entrenamiento en vislumbrar ese futuro. Parece que no nos fijamos en nada y estamos constantemente evaluando lo que ocurre a nuestro alrededor. Decenas, cientos de imágenes posibles pasan por el cerebro cada día. La gran mayoría, casi todas, no son posibles. A veces porque no llevas una cámara, otras porque el sujeto no lo permitiría, en ocasiones porque el lugar no es el indicado o quizá el argumento más importante: porque la luz, ah, esa luz, maldita y maravillosa luz, hará de esa foto algo anodino o intrascendente.

El ajedrez y la fotografía comparten parte de esa capacidad de prever el futuro. Los grandes ajedrecistas son aquellos que pueden realizar más jugadas mentales con antelación (las suyas y las de los rivales). Se trata de conducir al contrario a una situación complicada que le haga caer en una celada o aún mejor y más difícil: que no tenga salida, pierda la iniciativa, alguna pieza o directamente la partida. Yo no era muy bueno en el juego, jugué poco tiempo, aunque el hecho de que mi padre jugara toda su vida me hizo conocerlo (y apreciarlo) a fondo.

Desde el año 2009, cuando la instalaron para homenajear a Facundo Bacardí Massó, fundador de la marca Ron Bacardí, he pasado incontables veces por allí. He hecho algunas fotos pero ninguna me ha satisfecho lo suficiente como para colgarla en mi galería. Es una obra de Lorenzo Quinn. La pieza tiene una base de piedra con un gran círculo de acero del que surgen unas manos hechas en bronce y el famoso murciélago, símbolo de Bacardí. La gente de tanto tocarlo, hace que el bronce pulido por el roce constante brille. Eso la hace intensa, aunque el lugar y la cantidad de gente la hacen complicada de plasmar. Y si no es eso, es la maldita y maravillosa luz la que no te deja alcanzar aquello que tus ojos perciben a través de la realidad.

Hasta hoy.

Era un día gris (lo sigue siendo), amenazaba lluvia y los cielos tardaron muy poco en soltar una lluvia fina al principio para luego mojar las calles con fuerza. La luz era difusa (como corresponde), y la persona se movía justo en la zona correcta. Había salido solo con el teleobjetivo (tenía claro el tipo de foto que buscaba esa mañana) y solo tuve que moverme para situarme y lanzar una andanada de fotos.

Este es el resultado.

 

Puede verla en grande en mi galería de FLICKR

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