Homenaje

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No podemos abstraernos de lo que vemos. Hay algunas cosas que perduran en nuestra memoria a pesar de los años, los lustros y las décadas.

Esta imagen es una prueba de ello. Tengo en casa colgada una foto de un buen amigo, Buky. Una de esas personas que nunca deja de sorprenderte a pesar de que crees conocerlo. Es una imagen que tiene ya muchos años a cuestas. No estoy seguro, pero al menos debe de tener treinta años, quizá tenga más, quizá sean cuarenta.

Es una foto realizada en un parque en Buenos Aires, las palomas están levantando el vuelo y una luz extraordinaria, se cuela entre las espesas ramas de los arboles.

Muchos artistas buscan esa luz (y esas sombras), buscan sumarlo a algún sujeto que atraiga nuestra atención. En este caso las aves. Es una luz esquiva. Tener los reflejos para capturarla es algo más que suerte. Saber encontrar los elementos para conjugarla, añadir el «punto de sal» necesario para que pase de algo bueno a algo extraordinario no es sencillo. No basta con sensibilidad, intuición o experiencia.

Para el resto de los humanos, al menos para mí, a veces, es frustrante.

Buky consiguió algo más que una imagen hermosa. Sugiere tantas cosas que nunca me canso de echarle un vistazo (está colgada en un lugar que transito a diario). Es una foto en blanco y negro (analógica, es decir, un negativo revelado y positivado) y por ello doblemente valiosa en lo que expresa.

Es esta:

Así que, aquel amanecer, estaba absorto fotografiando las luces del horizonte, cuando el ruido del batir de las alas de las palomas llegando en bandada, atrajeron mi atención. Gire mi cabeza para verlas aterrizar. Instantáneamente la foto de Buky apareció en mi mente. No me gusta imitar (a menos que sea para ejercitarme en la destreza de conseguir unos buenos resultados o explorar nuevos caminos). Vislumbre que era una oportunidad. Tenía frente a mí unas luces estupendas (nada que ver con la de amigo), pero la ocasión (la tentación) era demasiado buena para dejarla escapar.

Me moví despacio para no espantarlas, pero con urgencia (era consciente que podían levantar el vuelo en cualquier momento y con ellas desvanecerse el momento). Situé la cámara (y el trípode) en el encuadre entre las palmeras y con la farola (en eso no había problema, me conozco el sitio de memoria) y me acerque tanto a ellas como me atreví. Moví los diales de control para intentar conseguir que en la imagen saliera la estela de movimiento de las alas (bueno, al menos intentarlo) y seguir captando las luces del horizonte. La puse en ráfaga, cruzando los dedos mentalmente para que, al menos, unas de las fotos de la secuencia contuviera las suficientes palomas (las manos estaban demasiado ocupadas preparando la foto).

Tuve suerte. Mientras lo preparaba todo se quedaron picoteando el suelo.

Y luego me quede esperando. El dedo en el botón del intervalometro.

Ellas allí, tan tranquilas, yo quieto como una estatua. Hasta que pensé que lo que necesitaba era un movimiento brusco para espantarlas. Todo estaba listo.

Solo di un paso adelante y se inició la sinfonía de alas y disparos.

Así que aquí está. Un pequeño homenaje a mi amigo Buky. Por lo mucho que me ha enseñado y por lo mucho que he disfrutado de sus fotos y de sus historias.

 

Puede verla en grande en mi Galería de FLICKR.

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